domingo, 3 de junio de 2007

El Manuscrito del Viejo Ed I

Me está costando más de la cuenta encontrar el resto de la historia de "Un alma perdida". Ya he revisado todos los ordenadores y en ninguno tengo guardado el archivo de word. Todavía tengo que buscar en varias cajas pero reconozco que me da una pereza enorme desembalarlas.

Como compensación voy a colgar esta semana otra historia. Se llama "el manuscrito del viejo Ed". La escribí cuando estaba en 1º de BUP. Hace.... bufff, muchos años.

EL MANUSCRITO DEL VIEJO ED

Y el ruiseñor se apretó
aún más contra la espina,
y la espina tocó su corazón,
y sintió en él un gran espasmo de dolor.


- ¡No entiendo por qué siempre nos tiene que tocar a nosotros la peor parte!- dijo Miguel enfadado. – Bastante tenemos ya con nuestros problemas para que encima tengamos que ocuparnos de esa vieja y asquerosa biblioteca-.

El muchacho caminaba por la carretera acompañado de sus amigos, Juan y Ana. Los tres eran compañeros de colegio y tenían la misma edad, diecisiete años.

- Tampoco es tan terrible,- replicó Ana. – Solo tenemos que limpiar una vez a la semana y ordenar los nuevos pedidos-.
- Ojalá fuera así. Esa biblioteca no recibe nuevos pedidos desde hace años. Llevo aquí toda mi vida y no recuerdo haberla visto abierta.- Al decir la última frase Miguel pegó un puntapié a una lata que había tirada por el suelo.
- Además, - dijo Juan entre dientes, - las historias que cuentan sobre la biblioteca no me hacen ni pizca de gracia. Puede que sean tonterías, no digo que no, pero imaginad que es cierto la mitad de lo que dicen. Diréis que soy un cobarde pero no me gustaría encontrarme cara a cara con un fantasma-.
- Así que tienes miedo de este sitio,- dijo Ana. – Yo no creo en esas cosas. Estamos a finales del siglo XX.
- Fantasmas, - interrumpió Miguel.- Bobadas. La biblioteca no es más que una vieja casa que nadie limpia desde hace tiempo y nos han colgado el muerto a nosotros porque nos han visto cara de tontos-.
- No te quejes tanto- dijo Juan. – Podías haberle dicho que no a tu padre y no meternos a nosotros si no querías-.
- Alguien tiene que hacerlo.- dio el muchacho mientas sus majillas cobraban un color rojizo. – Además no es fácil decirle que no a mi padre-.
- Ya, - prosiguió Juan, - y supongo que el hecho de que María dijera que nos ayudaría no tiene nada que ver, ¿verdad?-.
- No seas tonto. – Miguel estaba totalmente rojo. – Claro que no tiene nada que ver. Dije que sí porque… - se quedó pensativo unos instantes.
- Déjalo, no te canses. Pero no te olvides de que ella es demasiado para ti-.
- Ella es demasiado hasta para sí misma,- dijo de repente Ana que hasta entonces había estado callada.
- Venga, no te metas con ella. No la conoces-. Contestó Miguel con un gesto de desaprobación.
- Tú tampoco la conoces. Has hablado con ella… ¿cuántas veces?. Y estás colgado por ella-.
- Yo no estoy… ¡Cuidado!.- Miguel saltó sobre Ana empujándola y un balón pasó rozando el pelo de la chica.
- Lo siento, no os había visto-, dijo un muchacho con una sonrisa hipócrita que desmentía el sentido de sus palabras.
- Eres un mentiroso Roberto.- Dijo Miguel. – siempre estás armando bronca. Ten cuidado-.
- Vaya, vaya. Así que el tonto se pone duro-.
-No soy ningún tonto. Al menos nadie me ha dicho me parezco a ti-.
- Eres un niñato-.
- Escucha, déjanos en paz. No queremos pelea-.
- No, hombre, no. Estabas haciéndolo bien. Lastima que al final te cagaras.- Roberto le cogió por el cuello.- Después de todo nunca cambiarás.-
Le tiró hacia atrás y Miguel cayó de espaldas. Todos los del equipo de fútbol se rieron mientras Roberto iba hacia ellos. Juan y Ana ayudaron a Miguel a levantarse.
- Me gustaría darle una lección,- dijo cerrando los puños con fuerza. – ¡Ese chulo!-.
- Claro. Tan solo te falta ser diez centímetros más alto, ir al gimnasio durante dos o tres años y …-.
- Vale. Ya lo he cogido. No hace falta que sigas-.
- Vamos a llegar tarde,- dijo Ana mirando su reloj de pulsera. – Hemos quedado con María en la entrada de la biblioteca-.
- Tienes razón, - dijo Juan, - estamos cerca-.

Al cabo de pocos minutos llegaron a la biblioteca. Era una gran casa vieja que probablemente veinte años atrás todavía conservara la pintura blanca que se adivinaba debajo de las ventanas. En la puerta principal ( es curioso que la llamaran asó cuando solo existía una única puerta) estaba María sentada en las escaleras. La muchacha al ver a los tres chicos se levantó y los saludó con la mano.

- ¿Qué tal?. ¿Dispuestos a limpiar el polvo de varias décadas?-.
- Hola. ¿Llevas mucho tiempo esperando?,- preguntó Miguel. – Se nos ha hecho un poco tarde-.
- No importa. Al menos estáis aquí. Temía que al final os echarais atrás-.
- Bromeas, ¿verdad?, -dijo Juan. – ¿Cómo íbamos a perdernos esta fiesta?. Bueno. Creo que ya es hora de que abramos la puerta. No me gustaría nada que se nos hiciera de noche ahí dentro. Esta casa me da escalofríos.
- Aquí está la llave, - dijo María. - ¿Un voluntario para ser el primero en entrar?.
- A mí no me mires, - rehuyó Juan.
- Trae, anda, - dijo el otro muchacho. – No sé cómo te puede dar miedo una casa que no se ha abierto desde hace años-.

Miguel metió la llave en la cerradura y después de varios intentos y emplear toda su fuerza logró girar el pestillo y abrir la puerta. Los chicos esperaban oír un chirrido como en esas películas de miedo. En cambio, la puerta se abrió sin ningún esfuerzo. En el interior de la biblioteca el paso del tiempo y el abandono del sitio era evidente. Todos los estantes estaban llenos de polvo y el suelo necesitaba una buena limpieza. Las ventanas estaban tapiadas y la única luz era la que pasaba a través de las maderas. Cuando encontraron el interruptor y pudieron ver la sala principal con más claridad vieron al fondo de la gran habitación unas viejas escaleras de caracol que subían al piso de arriba.

Después de la primera impresión se dividieron y empezaron a husmear. Juan cogió el primer libro que cayó en sus manos. Pasó los dedos por la cubierta sacudiéndole el polvo y leyó el título. “El ruiseñor y la rosa” y un poco más abajo, con letras doradas, “Oscar Wilde”.
Ana no se atrevía a tocar ningún libro y lo único que hacía era resoplar sobre la estantería que tuviera más cerca. Miguel centraba toda su atención en las ventanas. Ya había conseguido arrancar dos clavos de la madera cuando María llamó a los tres a gritos. Subieron corriendo las escaleras y se encontraron a María, de pie, en medio del piso superior.
- ¿Qué pasa?- preguntó Juan con la cara pálida por el susto que se había llevado y apretando en sus manos el libro que había ojeado.
- ¿Es que no lo veis?-.
- No.- Negó Miguel con gesto de interrogación. ¿De qué se trata?-.
- Mirad el suelo. ¡Las paredes!. ¡Hasta los estantes!-.
- ¿Qué les pasa?.
- ¡Están limpios!

Ana respiró profundamente, ya tranquilizada. - ¿Y qué?. A lo mejor alguien ha pasado antes a limpiar y empezó por aquí-.
- Sí, - afirmó Miguel- y nos ha ahorrado mucho trabajo-.
-Supongo que tenéis razón pero...- la chica bajó la vista y recobrando el ánimo, con una sonrisa dibujada en su rostro dijo: - Bueno, ¡vamos a limpiar!-.
Todos menos Juan bajaron al primer piso y se prepararon para la dura faena. Mientras, el chico se quedó pensando y mirando el libro que tenía en las manos. No habían pasado dos minutos cuando Miguel le llamó para que le ayudara a arrancar las maderas clavadas en la ventana. Juan dejó el libro sobre el estante que estaba al lado de la puerta y volvió a pensar en lo limpio que estaba todo. No es tan raro, se repitió, no es tan raro.

No hay comentarios: