jueves, 31 de mayo de 2007

Un alma perdida V

Por fin terminé el lío de la obra de Las Tablas y se teminó el lío de las fotos, notarios etc.
Este viernes por la mañana me pasaré por la feria inmobiliaria (no pienso currar. Demasiado he hecho estas dos semanas).

Dejo otra parte de Un Alma Perdida. Ahora solo tengo que ir a Caraquiz a por el resto de la historia! jajaja.



Alguien llamó a la puerta. Enrique no se movió. Estaba sentado en un sillón sin hacer nada. Tan distraído que no se percató de los golpes en la puerta hasta que escuchó su nombre.

- Enrique, ¿estás ahí?-.

Durante unos segundos pensó no moverse. No estaba seguro de querer ver a alguien. Aún así rechazó sus pensamientos y se levantó para abrir la puerta.

- Hola, Luis. Por un momento creí que aunque se veía luz no había nadie en casa.- Se calló por un momento. – Chico,- exclamó, - ¿qué te ha pasado?. Parece que has visto un fantasma y llevarás una semana sin dormir-.
- Podrías tener razón pero no me ocurre nada.- Su cara no expresaba emoción alguna. – No me pasa nada. Nada salvo el destino-.
- Amigo, creo que conozco tu pena-.
- No. No es eso. No sufro pena alguna-.
- Tus ojos dicen lo contrario. Dicen que estabas enamorado y ella dijo no. Dicen que la angustia del alma es la más honda. Y dicen también que sigues enamorado y eso es lo que más te hace sufrir-.
- Debí haber cerrado mis párpados-.
- No te castigues y cuéntame lo que te sucedió-.
- Ya lo sabes,- dijo dejándose caer como un saco vacío en el sillón. – La ofrecí mi amor y me rechazó. ¿Sabes qué es lo más cómico?.- Enrique sonrió con una mueca triste, fría y melancólica. – Ni siquiera me dijo que no me quiere. Le bastó con un simple no-.

Luis permaneció callado pensando lo que debía decir. Sabía que era una situación delicada y tenía que medir sus palabras. – No debes darte por vencido,- concluyó. – La quieres, ¿no es cierto?-.

Esperó una respuesta que no llegó. Enrique parecía abstraído por completo en su pena.

- Pues lucha por ella. No te rindas. Si tu amor era tan grande, si ella era todo aquello que afirmabas con tanta pasión, serías un necio si te quedaras aquí, en esta casa, en este sillón, lamentándote por lo que pudo haber sido-.

Entre los dos volvió a hacerse un silencio absoluto solo roto por la respiración agitada de Luis. Éste ya no sabía qué hacer para animar a su amigo. Le miró de arriba abajo. Sus ojos no miraban a ningún sitio en particular. Su cuerpo parecía relajado, salvo su mano derecha. Tenía el puño cerrado y las venas estaban a punto de estallar.

Cuando Enrique se percató de que Luis se estaba fijando en su puño dijo sin dirigirle la mirada:
- ¿Por qué me miras de esa forma?-.
- Me ha resultado extraño. Si continúas apretando así,- dijo señalando su mano, - terminarás por hacerte daño-.
- No te preocupes por eso. No creo que nada pueda hacerme daño ahora-.
- ¿A qué te refieres?, - preguntó sin entender muy bien las palabras de su amigo.
- Después de esta tarde te aseguro que no hay nada en el mundo que pueda asombrarme-. Enrique levantó la cabeza y miró a los ojos de Luis.
- No te comprendo-.
- No tienes que hacerlo. Yo no te pido eso. Pero déjame estar solo. Lo que necesito ahora es pensar-.

Luis no sabía qué hacer. Era consciente de que su amigo se encontraba en un momento de turbación. Tras pensarlo decidió dejarle para que ordenara sus pensamientos. Se dijo a sí mismo que regresaría a la mañana siguiente para animarle a que acudiera al cumpleaños de Isabel.

Cuando la puerta se cerró Enrique emitió un suspiro que ni él mismo supo explicar. - ¡Todo es tan complicado!,- exclamó. – Es increíble.- Sus palabras resonaban en la habitación con un sordo eco. - ¿Qué hacer?. Creo que ahora empiezo a comprender. Ahora entiendo que hay gente que muere por cosas que para mí son insignificantes y para ellos son excepcionales. Sí, lo que para mí no significa nada para otro es una razón válida por la que morir. Tengo aquí, - dijo abriendo el puño mostrando las monedas de oro, - la prueba que Isabel necesita. Y para mí no es nada en comparación con su amor. Qué desengaños tiene la vida. La historia de un alma perdida está en mi mano y no hago más que pensar en una mujer. Debo verla. Tengo que decirle que aunque no me quiera con amarla tengo bastante. Si yo no he de ser feliz al menos alguien descansará en paz. Este misterio debe tener un por qué y un final y el destino nos ha requerido a nosotros-.

Salió de la casa decidido a contarle a Isabel el hallazgo que había hecho. Eran las once y media y el reloj de la plaza se encargó de afirmarlo con una campanada. La calle estaba desierta. Nadie paseaba a esas horas. Los que no estaban cenando se preparaban para hacerlo. Las once y media es una hora mágica. Es el preludio de la media noche, cuando todo lo imposible puede llegar a ser realidad.

El joven caminaba con paso rápido callejeando por los atajos tortuosos que le llevarían a la casa de Doña Constanza. Desde que encontró las monedas de oro en el río no las había soltado ni un instante. Incluso ahora que más que caminar corría no se atrevía a dejar las monedas y las tenía apretadas en su puño. Torció a la izquierda calle abajo sin fijarse en nada en concreto pues conocía el camino a la perfección. Siguió hasta llegar al callejón de las ánimas y tomó aquella dirección. Ese nombre le había resultado curioso desde la primera vez. “El Callejón de las ánimas”. Era de por sí intrigante. Al parecer, al menos eso le había dicho un amigo, recibía ese misterioso nombre porque los caballeros que resultaban muertos en la guerra eran conducidos en su féretro por esa calle hasta llegar a la Iglesia de San Bartolomé donde tenía lugar el funeral. Después del callejón llegó a la calle de los pintores y más tarde a casa de Isabel.

Con paso decidido pasó por entre las estatuas de Apolo y Dafne, deteniéndose al atravesarlas para tomar el valor suficiente. Apretó más fuerte todavía las monedas para asegurarse de que no se habían esfumado y llamó a la puerta. Los nervios aparecieron en forma de gotas de sudor por su frente. Rechazó sus ideas y se concentró en el propósito que le movía: Resolver aquel enigma.

Aguzó el oído pero no se oían pasos así que volvió a llamar. Esta vez lo hizo dos veces seguidas para cerciorarse de que le escucharan.

Ningún ruido. Ningún paso tras la puerta.

Permaneció de pie unos minutos y otra vez llamó a la casa. Ya estaba convencido de que no había nadie, de forma que dio media vuelta cuando la puerta se abrió. Enrique giró para ver la figura que estaba en el umbral.

Era María, la doncella. Como de costumbre vestía un traje negro que podía perfectamente pertenecer a otra época. Estaba seria, con los ojos rojizos y brillantes, el pelo ligeramente revuelto y las señas de haber estado llorando.

- ¿Está Isabel?-, preguntó Enrique.
La mujer bajó los ojos al suelo y éstos parecieron sufrir dolor al escuchar las palabras del muchacho.
- Isabel, - dijo con voz ahogada, - está indispuesta-.
- Es importante. Tengo que hablar con ella, por favor-.
- Doña Constanza ha dado orden de que no se la moleste-.
- Isabel indispuesta-, pensó para sí. – ¿Podría ver entonces a Doña Constanza?, - inquirió sorprendido por el cariz de la situación.
- Me temo que tampoco pueda recibirle. Está con la señorita. Vuelva mañana si lo desea, señor.- Dijo al tiempo que cerró la puerta.

Enrique no encontraba sentido a la escena que acababa de asistir. ¿Isabel enferma?.
Probablemente no era cierto.
Lo que ocurría era que ella no quería verle.
Sí, sería eso.
Pero María había estado llorando. Quizás…

Demasiadas conjeturas. Muchas preguntas y pocas respuestas. Metió la mano derecha en el bolsillo del pantalón y soltó las monedas dejándolas caer. Bajó las escaleras, se detuvo y sintió un peso inexplicable sobre el pecho.

3 comentarios:

Henar dijo...

Flor de loto, busca a Carmen, que andará por allí...

Silverado dijo...

Eso está hecho. Cuando llegue me pondré a gritar: - ¡CAaarmeeen! ¡Caaarmeeeen!!!. No sé si encontraré a esa Carmen, pero con suerte pillo fijo.

PD: Who´s Carmen???

Silverado dijo...

prueba