viernes, 18 de mayo de 2007

Un alma perdida I

Un alma perdida es el título de la primera historia más o menos larga que escribí. La tengo mucho cariño. La escribí durante mi primer año de facultad.
Como es un poco larga la voy dejando por partes.

UN ALMA PERDIDA.
PROLOGO
- No vayas. Si lo haces morirás-.
- He de hacerlo. Sin mi honor ya no me queda nada. Además, en cierto modo he muerto y estoy en pie-.
- Aún así no acudas a esa cita. Sólo estás apenado. Esto pasará. Es cuestión de tiempo.
- Sois un buen hombre, Miguel, y una vez más me lo demuestras.
Es cierto. Tienes razón. El corazón humano continúa latiendo a pesar de estar roto en más de mil pedazos.
¿Que es cuestión de tiempo?. Tal vez. Tal vez puedan cicatrizar las heridas pero la cicatriz permanece. Siempre se queda. Como una señal imborrable. Y eso no es vivir. Las penas pasan, sí, pero el recuerdo permanece. Nos acompaña toda la vida.
Yo no quiero eso, amigo mío. No quiero recordar. No quiero arrastrarme como un animal. Mi sangre es pura. No mancillaré mi cuna ni el nombre de mi familia. Antes la muerte. Antes me iré con esa maldita mujer con un reloj de arena bajo el brazo.

- Pero señor… Conde… Por una locura de enamorado. ¿No os dais cuenta?-.
- Estáis llorando. No lo hagáis. No habéis cometido falta alguna. Al contrario. Siempre fuiste un apoyo para mí. Y si es cierto lo que dices. Si muero por una locura de enamorado… ¿Acaso no es esa la única razón válida para morir?.
Hay gente que muere por enfermedades, otras por religión y otras muchas sin saber por qué. Si yo muero lo haré con alegría, por una mujer hermosa, por Amor-.

- Señor, he crecido a vuestro lado. Si no puedo convenceros de que abandonéis vuestra intención de acudir a esa cita permitidme que al menos muera con vos. Permitidme que os acompañe.
- No, Miguel. Si alguien debe morir esta noche he de ser yo.
Dame la espada. Voy a luchar y lo haré como un valiente: con honor, con furia y la cabeza alta. ¡Que aquellos que me vean digan que un rey camina ante ellos!. ¡Que el que sienta el peso de mi espada note el poder de un dios!.

El conde Guillermo de Gaona salió de sus aposentos con paso firme y seguro, dejando allí a su camarero. Diríase que había vuelto a ser el capitán que una vez fue.

- Mi señor se ha vuelto loco,- pensó para sí el pobre Miguel. –Ha perdido la razón. Va a la muerte como si tal cosa. Y todo por una mujer. Es un insensato. El amor le ciega. Una hoguera arde en sus pupilas. ¡Qué mirada tenían sus ojos!. Un duelo a las doce, y en cada árbol, apostaría mi vida, cincuenta hombres escondidos en sus capas ocultos por la oscuridad. Es una emboscada. Él lo sabe y aún así luchará. Primero contra Don Felipe, luego contra sus lacayos y si después de eso todavía le queda un soplo de vida luchará contra el mismo San Pedro a las puertas del cielo.

Guillermo caminaba rumbo a la explanada junto a la iglesia de San Manuel.
- La luna llena está en lo alto. Perfecto.- Se decía mientras contemplaba el cielo sin aminorar el paso. – Todo parece dispuesto para esta noche. Ni un alma en la calle. Ni una sola voz. Todos esperando.
¡Ah…!. Es una noche magnífica. Cientos, miles de estrellas. La luna, los árboles… ¡Casi puedo oírles respirar!.- De pronto los pensamientos del Conde cesaron. Se detuvo al tiempo que ponía una mano en su espada. -¿Qué es aquello?. Diablos. – Vio una figura humana y de repente brotó de sus labios una carcajada. - ¡Una estatua!- Se acercó con aires de curiosidad a ver el objeto de su repentina inquietud. – Casi me bato con una estatua.-
Su risa inundaba por completo el aire de la noche. - ¿Tan loco estoy?. Por Dios que sí. Una estatua de mujer. ¡Y a fe que debió ser hermosa!.- Contempló por unos instantes la belleza de aquel rostro. Se imaginó a la modelo que sirvió de inspiración al artista y creyó ver sonreír a la estatua. Después suspiró. Se despidió del rostro de alabastro haciendo una solemne reverencia con el sombrero y continuó su camino.

En pocos minutos llego hasta el puente que daba al sendero por el cual se alcanzaba el claro del bosque. Cerró los ojos escuchando el murmullo quejumbroso del río y echó mano a su bolsa. Sacó dos monedas de oro y mientras las apretaba con su mano derecha pronunció un juramento nombrando a aquella por quien iba a morir. Entonces arrojó las piezas de oro a la corriente que las arrastró junto a sus palabras.

A ese río afluían muchos arroyos hasta formar el torrente de agua que atravesaba la ciudad de parte a parte. Cerca de uno de esos afluentes, aunque a mucha distancia de las monedas de oro, Miguel corría en busca de ayuda. Era su deber, pensaba. La única posibilidad de que el Conde saliera con vida.

Mientras, Guillermo llegó por fin al lugar de la cita.

Era una gran explanada verde rodeada por árboles gigantescos que proyectaban una sombra tenue en el suelo. En verdad esos árboles nada tenían que envidiar a una secuoya. Un poco más allá estaba la Iglesia de San Manuel de la que se distinguía, como un estandarte, la antigua torre románica, todo ello bañado por la fría luz de la luna.

- Ya se ven algunas nubes en el cielo.- Dijo para sí.- Mejor. Que las estrellas no vean mi desdicha. Es la hora.- Bajó la cabeza para tomar aliento y vio una pequeña flor de una belleza que nunca antes había visto. Se agachó a cogerla y en el momento en que iba a arrancarla se arrepintió.- Algo tan hermoso- pensó – no merece ser cortado.- Volvió a erguirse. Levantó la cabeza con orgullo y con voz profunda y grave dijo:
- ¿Hay alguien?-.
No hubo respuesta.
- ¿Hay alguien?- repitió.
- Aquí estoy, Conde. – Dijo Don Felipe saliendo de detrás de un árbol situándose en frente de Guillermo. – A la hora acordad, fiel a la cita.-
- ¿Todavía estáis dispuesto a batiros?
- Conde, soy mejor espada que vos. Yo debería hacer esa pregunta.-
- Esta noche uno de los dos morirá. – Guillermo miró a los ojos de su adversario. -¿Podéis permitiros pagar ese precio?-.
- ¿Y vos?-.
- No creo que queráis conocer mi respuesta-.
- Hablad sin miedo, Conde. Puede que sean vuestras últimas palabras-.
- Yo ya pagué mis deudas-.
- ¿Qué queréis decir?- Preguntó extrañado Don Felipe.- No os entiendo-.
- Jamás podríais hacerlo. Para eso es necesario tener honor-.
- Ya veo. No hay marcha atrás.
- Entonces, sea. ¡En guardia!.
- ¡En guardia!- Gritó a su vez Don Felipe.

Ambos dejaron caer sus capas al suelo y desenvainaron las espadas que brillaron al instante. Hicieron un saludo con sus armas. Se miraban a los ojos mientras daban pequeños pasos hasta alcanzar una distancia en la que podían chocar las hojas de acero. Ninguno de los dos quería ser el primero en dar el golpe que iniciara la lucha. Cada uno escudriñaba la mirada del otro tratando de averiguar el momento preciso en el que lanzar la estocada. De repente las armas parecieron cobrar vida y chocaron con furia con un estruendo metálico. Los dos sabían que cualquier fallo podía costarles la vida. El Conde no podía contrarrestar la fuerza bruta de Don Felipe y retrocedía un paso con cada golpe.

Las nubes terminaron por cubrir el cielo por entero y la luna desapareció detrás de ellas. No se veía ninguna estrella. Cada encuentro de los aceros parecía un relámpago y el ruido que producían era el del trueno.

Finalmente Don Felipe atravesó la defensa del Conde y le hirió en el hombro izquierdo. No era grave pero sí lo bastante profunda como para que de ella manara abundante sangre. Se produjo una pausa y los dos contendientes permanecieron quietos al vislumbrar la primera sangre. Rápidamente se reanudó el combate. La herida en el hombro no había hecho más que enfurecer al Conde que esta vez se movía con una rabia, velocidad y coraje inigualables. Las tornas habían cambiado. Ahora era Don Felipe el que retrocedía ante las embestidas. Guillermo de Gaona atacaba sin cesar. No daba estocadas sino mandobles. La tormenta se había desencadenado y toda su fuerza se centraba en un punto: la espada del Conde. Don Felipe apenas tenía tiempo para desviar los golpes de su adversario. Al cabo, al retroceder cedió a la fuerza que le acosaba: dio un paso en falso y cayó de espaldas soltando la espada demasiado lejos para recuperarla.

Por segunda vez se quedaron quietos. Uno de pie con su espada en lo alto y el otro en el suelo, vencido.

Empezó a llover. El sonido de las gotas de agua al caer al suelo se mezclaba con la respiración entrecortada de los dos. Ambos sabían lo que iba a pasar. Cada uno podía leerlo en la cara del otro. No hacía falta que ninguno dijera nada. El Conde había ganado el duelo pero iba a morir. De nuevo los truenos estallaron con toda su potencia contenida. Todo era un presagio de lo que iba a ocurrir a continuación.

Cincuenta hombres embozados con sus capas salieron del bosque. El combate había sido presenciado por unos lacayos que esperaban el momento para atacar.

Entre tanto Miguel corría atravesando la ciudad con cinco guardias a su lado. -¿Será ya muy tarde?- se preguntaba. El ruido de las botas y de las espadas ceñidas al cinto les acompañaba. Pero corrían una carrera que no podía ganar. Como creía, no había remedio. El destino era inevitable. Al llegar a la explanada vio al Conde tumbado en el suelo, herido por tres flechas e innumerables tajos de espadas. Tan rápido como pudo llegó a su lado y le incorporó sosteniéndole por la espalda hasta recostarle.

-Señor.- dijo casi sin poder hablar. –Estás vivo. –Tenía el cuerpo lleno de heridas y cada una era mortal por sí misma-.
- Shh… no digas nada-.
- Pero… debo ir a pedir ayuda. Un médico. –Alzó la vista clavándola en uno de los guardias que salió corriendo a la ciudad-.
-No… déjalo. Ya es tarde, amigo mío.- Miró a Miguel.- Yo ya no vivo.-
- Señor, no digáis eso. Todavía respiráis. Y si…-
El conde sonrió entre toses. - ¿Y si no vivís cómo podéis respirar?. ¿Esa es tu pregunta?-. Poco a poco su voz se hacía más débil. –La muerte no me acepta en su seno. Mi alma vive y mi cuerpo muere. Mi cuerpo… se detiene como un reloj que se para, pero mi espíritu vive-.
- ¿Qué decís?-.
- Shh…-. Guillermo hablaba con mucha dificultad y le costaba articular las palabras. – Escucha. Gané el duelo. ¿Me oyes?-. Pareció esperar a que le contestara. –Gané el duelo-.
- ¡Señor!-.

El Conde cerró los ojos. A Miguel le pareció que había muerto. En ese momento unas lágrimas brotaron de las pupilas del joven recorriendo su mejilla.
Guillermo volvió a abrir los ojos y con la voz trémula dijo: - Miguel… que en mi epitafio quede constancia de que luché con valentía aun cuando mi enemigo me superaba con creces en número-. Calló por un momento. Tosió violentamente y se dibujó en su cara un gesto de dolor. – Pero ahora- siguió- entiendo que mi victoria de esta noche… ¡Ahh!. Noto que mi alma se me escurre entre los dedos. Mi victoria de esta noche no ha sido salvar mi honor. Si me dirigí a la muerte sabiendo lo que me esperaba fue por algo más noble. Por amor. Debes entender esto. Debes decírselo. Debes…-
Silencio
- ¡Señor!. ¡No!.-
Guillermo cogió la mano de Miguel apretándola con fuerza.
- Ya viene. Está aquí.- dijo fuera de sí. – Esta noche no luché solo contra hombres. Luché contra mí y contra la propia muerte…. Parece que mi última batalla la perdí.

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