miércoles, 23 de mayo de 2007

Un Alma Perdida II

Aquí va el primer capítulo de "Un Alma Perdida".



- ¿Así que esa es la historia del Conde de Gaona?- preguntó Isabel.
- Exactamente como me la contó uno de los ancianos que ha vivido aquí desde que nació-.
- ¿Y ocurrió en este lugar?-.
- Justo en esta explanada. Al menos eso es lo que me dijo-.
- Es… increíble-.
Isabel y Enrique estaban paseando por el bosque en el que antaño ocurriera la triste historia. Los dos jóvenes se habían conocido apenas unas semanas atrás y al muchacho le resultaba difícil ocultar sus sentimientos pues Isabel era en verdad pura hermosura e ingenio.

- Dime. En esta historia, ¿por qué pelea el Conde?-.
- Está claro.- Respondió Enrique. - Por amor-.
- Sí. Ya sé, pero… ¿por qué?-.
- Tal vez ella le engañaba, o tal vez fuera por celos. Por una mirada de Don Felipe o un guante arrojado a su cara. Es imposible saberlo-.
- Una locura de amor-. Isabel tenía la mirada perdida, mirando a un punto imaginario. – Una locura de amor-, repitió.
- En fin, una bonita historia. Creo que muy cerca de aquí están las ruinas de la iglesia-.
- ¿La iglesia de San Manuel?-.
- Si la historia es cierta, sí.
- Vayamos a verlas-, suplicó la joven.
- ¿Ahora?. Se está haciendo tarde-.
- Por favor-.
- Pero Isabel…-.

La muchacha no tardó en convencer a Enrique y ambos se adentraron en un laberinto de árboles hasta llegar a otra explanada en donde había un ábside con el techo derrumbado y una torre derruida casi por entero.

- Es formidable.- Isabel se movía de un lado para otro observando cada cosa como un pequeño tesoro.
-Son ruinas.- Dijo encogiéndose de hombros.
- ¿Es que no te das cuenta de todo lo que esto significa?.-
- Supongo que sí.-
- No lo creo. Usa la imaginación. Probablemente aquí el sacerdote dio una misa en memoria del Conde. ¿No te lo imaginas?. Yo puedo ver hasta la gente que fue. Estuvieron cientos de personas. Las que le querían cuando vivía y las que le quisieron una vez muerto. Las señoras, de luto, llorando y rezando Ave Marías por su alma. Los hombres con la cabeza gacha y jurando que de haber estado ellos allí él no hubiera muerto. Y sobre todo ella. La mujer por la que murió. Tal vez de negro, pero sin llorar. Apenada, pero no hasta el punto de derramar lágrimas. Triste con esa tristeza que no se puede expresar.-
- Isabel, es una bonita historia pero no te pierdas en fantasías.-
- Siempre dices esa frase.- Dijo riéndose. – Sin embargo esta vez no es una fantasía. Ocurrió así. Lo sé.-
- De acuerdo. Como quieras. Pero volvamos a la ciudad. Es tarde y esta noche hay una cena en tu casa.-

Los jóvenes abandonaron la antigua Iglesia que antaño fuera la luz de la fe al mostrar sus arcos lombardos, sus contrafuertes y sus vidrieras.

La ciudad había cambiado bastante desde que la Iglesia se convirtiera en ruinas de piedra. Todavía existían las pequeñas callejuelas y algunas casas antiguas, sobre todo en las afueras. Las que había en el centro habían sido derruidas para hacer otras nuevas o para hacer parques. Sólo el casco antiguo conservaba la magia de la ciudad recién llegado el siglo XX.

- ¿Dónde está mi camisa, madre?-, preguntó Enrique mientras buscaba en el armario.-
- Está recién planchada-.
- Madre, se me está echando el tiempo encima-.
- No te preocupes. Recuerda: Vísteme despacio que tengo prisa-.
- Sí, ya lo sé pero no quiero llegar tarde-.

Enrique llegó a la casa de Isabel a las diez y media. Aunque el término casa no es el más apropiado. Se parecía bastante a esas villas de recreo típicas del renacimiento italiano. Una pequeña alameda separaba el lugar de la ciudad. Era como si al traspasar los árboles retrocedieras cientos de años y el aire, la atmósfera, el viento, todo, se remontase por arte de magia a aquella época. Alrededor de la “casa” unos jardines prestaban su color al suelo éste era a ratos verde, rosa, amarillo, rojo o azul. Había flores de todos los tipos. Desde pensamientos a nomeolvides. Desde rosas a geranios.

Frente al colorido del jardín contrastaba la fría piedra de la entrada. Una ancha escalera flanqueada por dos estatuas era el piso inferior de la fachada. El primer bloque de mármol representaba a Apolo, el segundo a Dafne. Enrique quedó pensativo recordando la leyenda. Dafne fue convertida por Perseo, su padre, en un árbol de laurel al ser alcanzada por Apolo. De alguna manera quien había ideado la entrada se había asegurado que cada estatura nunca pudiera juntarse y así evitar la desgracia de Dafne.

Al subir las escaleras seis columnas se anteponían a la puerta. Encima de las columnas un friso sin decoración.

Llamó a la puerta dos veces y de inmediato una señora mayor le recibió. Era la doncella, María. El joven había oído a Isabel hablar de ella. Al parecer llevaba toda la vida con ellos y era propensa a tomar de vez en cuando una copita de anís.

Enrique se presentó y María, sonriendo, le pidió que le siguiera. Le condujo a través del recibidor. Se había vestido con su mejor traje. De color negro, camisa blanca para aplacar la oscuridad y una corbata con un ligero estampado Burdeos. Podría decirse que su aspecto era elegante.

María abrió una puerta que daba a un salón enorme del que emergía un barullo ensordecedor de risas, gritos brindis de vino y champagne. A recibirlo salieron Isabel y Doña Constanza. Intercambiaron frases triviales de bienvenida y agradecimiento. Enrique se llevaba muy bien con la madre de la joven. Ella tenía muchas cualidades entre las que destacaba su sinceridad, lo que a veces, todo sea dicho, parecía todo lo contrario a una virtud.

Una vez realizado el saludo de rigor entraron en el salón. A los lados, en mesas colocadas con pulcritud se servían canapés variados: salmón, caviar y por supuesto lo típico de la tierra, jamón y queso.

Doña Constanza volvió a la entrada a recibir al Alcalde que acababa de llegar en ese momento, dejando solos a Isabel y Enrique.

- Llevas un vestido precioso-, dijo el muchacho.
Isabel llevaba un vestido blanco. En el pelo llevaba prendido un clavel del mismo color que contrastaba con el negro de su pelo, recogido por encima de sus hombros con un peinado a la moda.
- Deberías-, dijo Enrique, - vestir siempre de blanco. Te hace todavía más hermosa-.
- Sería muy monótono, ¿no crees?-.
En ese momento apareció Doña Constanza acompañada de un señor de edad avanzada. Se notaba que su traje estaba hecho a medida y llevaba un pañuelo a juego con su corbata en el bolsillo. Además se había excedido en el uso de colonia.

- Señor Campos, mi hija, Isabel-.
- Mucho gusto.- Dijo con una voz muy grave.
- Encantada-, respondió.
Enrique comprendió que no le gustaban en absoluto las reuniones sociales. Todas las personas esbozaban una sonrisa estudiada y no hablaban, chillaban para hacerse oír.

Al parecer el Señor Campos era dueño de 2.000 hectáreas. Era muy, muy rico. Eso último lo recalcó varias veces con esas mismas palabras.

Enrique se alejó y cogió un poco de comida. Levantó la vista y se fijó en un fresco que cubría el techo por completo. Ciertamente era una casa hermosa. Tal vez el salón estaba recargado, pero era acorde a una fiesta como aquella. Los invitados se habían agrupado en pequeños grupos charlando sobre cuadros, esculturas, el gobierno y el país.

Al cabo de un tiempo fueron conducidos al comedor. El primer plato fue una crema de marisco con gambas, langostinos o algo parecido. (Nadie se atrevió a pronunciarse sobre el tema). Después se sirvieron filetes de merluza y por último ternera con guarnición. El postre consistió en un souflé con limón.

Terminada la cena salieron al jardín donde se siguió sirviendo champagne. Enrique sentía un ligero dolor de cabeza. Sin darse cuenta se había excedido en acompañar la comida con los vinos que le servían pero no todos los días cenaba así, qué diablos.

Por un momento el muchacho se separó del grupo y se quedó sólo, contemplando la quietud de la noche. La luna estaba en cuarto creciente y se veían multitud de estrellas.

-¿Qué miras?-.
Enrique se dio media vuelta. Era Doña Constanza.
- Oh, nada. Me sentía un poco mareado y he venido a tomar el aire.
La madre de Isabel se rió. –La quieres, ¿verdad?-.
- ¿Cómo?-.
- Que la quieres. ¿Acaso no es cierto?-. Doña Constanza lanzó al joven una mirada de complicidad.
- No, por Dios. ¡Qué tontería!. Al contrario-.
- Debes saber que tiene muchos pretendientes. No será fácil que ella te quiera-.
Hubo un pequeño silencio. Por fin, Enrique dijo: - ¿Sabe usted algo?-.
- Me temo que no. Pero pase lo que pase… no te rindas-.
Doña Constanza se marchó dejando al muchacho con la cabeza dando más vueltas que cuando le había encontrado.
- No me rendiré-, pensó. – La quiero-. De pronto recordó la copa que llevaba en la mano. Era champagne. Y muy bueno: Veuve Clicquot Ponsardin. Levantó la copa como para hacer un brindis hasta que estuvo en línea recta con la luna y sus ojos. De pie, inmóvil, con la copa en alto, pensó en Isabel mientras observaba través de la pálida luz las burbujas que subían y subían, sabiendo que al llegar a la superficie terminaría su viaje.

- Ah. Estás aquí-. Era Isabel. -¿Te aburres?-.
- No, no-, dijo bajando la copa y escondiéndola en su espalda como un chiquillo.- Es que me sentía algo mareado-.
- Ya veo. ¿Sabes?. El Alcalde es uno de los hombres más aburridos que he conocido. Los últimos quince minutos no ha hecho más que hablar de su casa en la costa francesa-.
- Pues deberías haber estado sentada a su lado durante toda la cena.-
Ambos rieron hasta que Isabel interrumpió ese momento.
- He estado pensando en la historia que me contaste-.
- ¿La del Conde?-, preguntó Enrique.
- Sí. Sigo pensando en lo que debió sucederle con esa mujer-.
- Bueno, nadie puede saberlo. Es sólo una vieja historia-.
- No lo creo-. Isabel alzó la vista al cielo. – Es algo más-.
- ¿Qué dices?-.
- No estoy segura, pero creo que ocurrió de veras-.
Enrique la miró a la cara. Seguía mirando a las estrellas. - Yo quería decirte algo…-.
- Quiero volver-. Interrumpió Isabel.
- ¿Cómo?-.
La muchacha le miró a los ojos. – Quiero volver a la explanada-.
- Pero es muy tarde. Mañana…-.
- Vamos ahora, por favor-. Le cogió de las manos y le suplicó. – Hazlo por mí-.
- ¿Pero por qué?-.
Isabel apretó las manos de Enrique. - ¿Por qué sale el sol por las mañanas?, ¿por qué la luna cambia de forma cada noche?, ¿por qué las estrellas forman constelaciones?, ¿por qué el hombre necesita respirar?. ¿Por qué?. No lo sé-. Sonrió. – Nadie lo sabe. Hay cosas que no puedo explicar, como no puedo explicarte el sentimiento que me mueve. Solamente puedo pedirte que me acompañes-.

Tardaron algo más de una hora en llegar a la Iglesia y cinco minutos más en llegar al lugar donde habían pasado la tarde.

Debía ser la una de la madrugada. La noche bañaba todo con su oscuridad apenas acompañada de la silueta de la luna. No se oía ningún ruido. Todo estaba en silencio. Ni la mínima ráfaga de viento hacía moverse las ramas de los árboles. Y allí, en medio de esa serena tranquilidad, Isabel y Enrique. Ella, hermosa, con un vestido blanco resplandeciente. Él con un traje oscuro.

- Ya hemos llegado. ¿Puedes decirme ahora qué es lo que pasa?-.
- Shh, calla. ¿Es que no te das cuenta?.-
- ¿De qué?-.
- Este lugar. Así es como debía verse la noche en que murió el Conde-.

Enrique se calló. Todo aquello le parecía absurdo pero si ella creía en sus palabras no iba a ser él quien la llevara la contraria. Además, verla así le gustaba. Era algo que se reprochaba así mismo. Cuando la muchacha se emocionaba Enrique no podía disimular que la quería.

- Estoy segura-. Isabel se movía de un lado a otro, como un fuego fatuo. – El Conde vino por allí y Don Felipe salió de detrás de ese árbol-. Isabel se acercó hasta el lugar que había señalado. – Después hablaron un momento, cruzaron la mirada sabiendo que uno de los dos moriría y desenvainaron las espadas. Guillermo se defendió hasta que Don Felipe le asestó un golpe certero. El Conde saltó al ataque golpeando sin piedad. Don Felipe cayó aquí,- dijo indicando un lugar en el suelo.- De pronto unos silbidos cruzaron el viento. Tres flechas se clavaron en el pecho del Conde. No cayó a tierra. Siguió empuñando la espada. Los lacayos que habían permanecido ocultos saltaron sobre él. Hirió a diez, veinte, treinta. Aun así no fue suficiente. Le acertaron en muchas ocasiones. Pero no pudieron con él. Siguió vivo hasta que llegó Miguel.

- Me estás dando miedo-, dijo Enrique.
- ¿Qué?-. Isabel se rió. – Creo que me he dejado llevar por mis fantasías. Lo siento. Volvamos.
- ¿Estás segura?-.
- Sí. De verdad. No importa-.

La muchacha se acercó a Enrique. Le cogió de la mano y se encaminaron de nuevo hacia la Iglesia de San Manuel. Cuando se alejaban, Isabel volvió la cabeza. Entonces se detuvo. Soltó la mano de enrique y dio media vuelta.

- ¿Ocurre algo?-, Preguntó el joven.
Isabel estaba petrificada, con la boca entreabierta. Parecía que iba a decir algo pero las palabras no salían de su garganta.

- ¿Estás bien?-.
- La flor-. Empezó a caminar otra vez hacia la explanada.
- ¿La flor?. ¿Qué flor?-.
- La que vio el Conde-.
- Diablos,- murmuró enrique acercándose a Isabel.
- Mira. ¿La ves?-, preguntó señalando con el dedo.

Al lado de los árboles, justo donde había indicado el lugar por el que entró el Conde, una pequeña flor era iluminada por la luna. Dentro de la oscuridad de la noche era el único punto de luz. Como recibía el rayo de luna había tomado su color y sus pétalos eran plateados con cierto aire melancólico.

- Es ésta. ¿No te das cuenta?.
- No lo estarás diciendo en serio-. Enrique no podía creer lo que estaba diciendo Isabel.
- Es ésta. Lo sé.
- Una flor no puede vivir cien años y mucho menos doscientos o trescientos-, reflexionó. – Es imposible-, dijo recalcando la palabra imposible.
- No lo es. Al menos para esta flor.

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