domingo, 11 de noviembre de 2007

Sonata nocturna


Sin más preámbulos; ahí va una historia que me rondaba la cabeza desde hace unos días.

Vivía en una casa de campo desde hacía tres años. El vecino más cercano se encontraba a cinco kilómetros de distancia. La soledad y la tranquilidad de aquel lugar le proporcionaba el estado de calma necesario para escribir En el tiempo en que se había recluido del exterior, con la única excepción de las ocasionales visitas de su editor, había sido más prolífico que en los diez años anteriores.

No recordaba la hora exacta, tan solo que al despertarse era de noche y a través de la ventana la oscuridad inundaba la habitación. A lo lejos se escuchaba un sonido apagado. Música de instrumentos de cuerda. Una sonata triste, casi un lamento.

Al acercarse a la ventana siguiendo la fuente de aquella lúgubre melodía le pareció divisar a lo lejos una figura. Entrecerró los ojos intentando agudizar la vista. Era una figura de mujer y hubiera jurado que le miraba. Durante unos minutos permaneció de pie ante el alféizar de la ventana. No cabía duda, no era la imaginación que le jugaba una mala pasada; le estaba mirando.

Un impulso le llevó a la puerta de la casa. Salió al umbral. La figura de mujer estaba iluminada por un rayo de luna de tal forma que al mirarla se le antojaba que estaba flotando en medio de la noche.

Sin pensarlo caminó hacia ella. No se movía, continuaba inmóvil con los ojos clavados en los suyos.

El sonido que había escuchado en la habitación llegaba a sus oídos con mayor nitidez. Era música desgarrada de violines y a medida que se acercaba a la figura suspendida en lo alto de la ladera parecía que un susurro de voces acompañaba a la sonata con una lenta letanía.

Desde una distancia de 10 metros se dio cuenta de que la mujer era una muchacha de unos 25 años. Sus rasgos delicados no dejaban vislumbrar emoción alguna. El pelo negro, ondulado, llegaba a la altura de los hombros. Llevaba un vestido blanco que reflejaba la pálida luz que la iluminaba.

-¿Qué haces aquí?- preguntó- ¿Cuál es tu nombre?

La joven no respondió.

De pronto escuchó un ruido a sus espaldas. Instintivamente se volvió esperando descubrir a algún animal. Escrutó la oscuridad sin éxito y al dirigirse de nuevo a la muchacha tan solo quedaba el rayo de luna y la hierba de la ladera.

Al día siguiente lo ocurrido pareció parte de un sueño. Durante la mañana quedó en su mente la curiosidad de saber quién era la muchacha y de dónde había salido. A mediodía se había convertido en el vago recuerdo de una hermosa joven. Por la noche estaba ocupado con cosas más importantes.

No ocurrió nada extraño hasta el mes siguiente. De nuevo se despertó a una hora incierta en la madrugada. De nuevo el cielo estaba inundado de estrellas y de nuevo una figura se veía a lo lejos en la ladera del monte. A sus oídos llegaron las notas de la conocida melodía y la letanía del murmullo de voces suplicando.

Otra vez salió de la casa decidido a encontrarse con la muchacha. En unos pocos minutos estuvo a la misma distancia en la que había hablado con ella la vez anterior. Por alguna razón que no conseguía expresar, no quiso, no pudo, aproximarme más.

- ¿Qué haces aquí?-
La joven llevaba el mismo vestido blanco y tenía la misma expresión. Como si no hubiera transcurrido más que un segundo desde que volviera a escuchar un ruido en la noche y al volverse la hubiera encontrado de frente.

- ¿Quién eres?- preguntó- ¿Dónde vives?
Sus ojos, tan negros como su pelo, le miraban de un modo que hacían que se estremeciera. Ante esa mirada sus ojos descendieron al suelo y entonces se dio cuenta de que la muchacha estaba descalza. Sus pies parecían flotar en la hierba.

- Dime tu nombre- dijo.
La joven dio media vuelta y se marchó sin decir nada. No pudo seguirla. No fue capaz de dar un solo paso hasta que la blanca figura dejó de estar a la vista al bajar por el lado opuesto de la ladera.

Al día siguiente no pudo trabajar en su libro. Cada vez que cerraba los ojos, cada vez que intentaba concentrarse, cada vez que tenía tiempo para pensar pensaba en ella.

Pasaron los días y la muchacha no aparecía. Algunas noches se levantaba de improviso pensando que escuchaba una música y se asomaba a la ventana, pero no había ningún rayo de luna ni sonatas que sonaran en el silencio.

Sin quererlo había descuidado el trabajo. El borrador del libro que escribía empezaba a estar retrasado. Dentro de poco recibiría la llamada de su editor preguntando por el siguiente capítulo. Tendría que inventar una excusa. Era algo que ya había hecho antes pero no por eso sería sencillo.

Habían pasado 29 días cuando los acordes de los lamentos le despertaron. Ni siquiera miró por la ventana. Sabía que ella estaba en la ladera, inmóvil. Con el vestido blanco iluminado por la luna y sus ojos negros penetrando su espíritu.

- ¿Por qué vuelves?- preguntó- ¿Por qué te vas sin decir nada?
Entonces los ojos de la joven parecieron brillar por un instante y sus labios se movieron dejando escapar un soplo de aire que pudo ser un suspiro. – Puedes venir conmigo si lo deseas- dijo la muchacha.

Esta vez fue él quien se quedó inmóvil. Aquella voz sonaba como el coro que formaban los sollozos, las súplicas y las quejas que componían las notas de la música que escuchaba. Las palabras le habían producido un escalofrío que no le dejaba responder ni avanzar hacia ella que era lo que más deseaba en ese momento.

Sin aguardar más tiempo la joven dio la vuelta y se perdió por el otro lado de la colina.

¿Quién era ella?, se preguntaba. ¿De dónde venía? ¿Por qué no podía olvidar sus ojos, sus labios… su voz?
El teléfono sonó durante varios días. Lo dejó sonar. No tenía sentido hablar con nadie. ¿Por qué iba descalza? ¿Por qué siempre aparecía en el mismo punto, en la cima de la colina?
Al cabo de una semana de las llamadas telefónicas su editor llamó a la puerta. No le abrió. ¿De dónde provenía la música? ¿Por qué su voz sonaba como cientos de voces susurrando al unísono?

Al cabo de otros 29 días la noche entró en la habitación. La luna iluminaba a la joven envuelta en el vestido blanco.

- Dime tu nombre, te lo ruego- dijo.
La joven no respondió.
Se quedó mirándola, adivinando su cuerpo al trasluz de la tela. Al cabo volvió a preguntar -¿Quién eres?

La muchacha no contestó. Levantó su mano extendiéndola hacia él. En su muñeca llevaba una pulsera de adorno hecha con varias flores. En la comisura de sus labios se formó una imperceptible sonrisa. - Puedes venir conmigo si lo deseas-

Entonces las lágrimas inundaron sus ojos. Lloró porque sabía que no era capaz de resistirse. Sus pies caminaron hacia la joven sin que él les ordenara moverse. Al llegar a ella el rayo de luna le envolvió en su luz blanca, la mano de la joven cogió la suya y el frío invadió su cuerpo.

-¿Podré volver? Preguntó con un hilo de voz.
Ella le miró y en la oscuridad de sus ojos negros supo la respuesta.

1 comentario:

Henar dijo...

¡por fin lo leí! Muy bonito. Ya hablaremos.

Muak