miércoles, 8 de agosto de 2007

Un rincón del alma

Anoche no podía dormir. Empecé a pensar en muchas cosas y en ninguna en particular. De pronto recordé que dentro de una semana es la “lluvia de estrellas”. Ya sé que también se llaman “perseidas” o “lágrimas de San Lorenzo”, pero prefiero llamarla lluvia de estrellas. El siguiente pensamiento que tuve fue que hace mucho tiempo que en esa fecha no estoy en la playa. Y de pronto un nombre se coló en la oscuridad de mi habitación. Icíar. Dios mío. Hace tanto que no lo escuchaba, tanto tiempo. Ella fue mi primer amor. No hace falta decirlo, pero el primer amor no es la primera persona a la que quieres ni a la que le das el primer beso. Al menos no lo fue en mi caso.

La conocí cuando los dos teníamos 16 años. Era una de las mejores amigas de Marta, la novia de Carlos, mi compañero de clase. Aunque parezca la típica historia, fue amor a primera vista. Desde el primer día nos pasamos horas hablando juntos y bailando. (Con ella aprendí que no puedes llevar a una chica que quieres conquistar a cenar al McDonalds y mucho menos tomar una hamburguesa triple con mayonesa y ketchup chorreando por los bordes). Al poco tiempo yo quería decirla que la quería pero no sabía cómo hacerlo, cómo decir que lo que sentía por ella no se parecía en nada a todo lo que había sentido hasta entonces.

Decidí comprarla un colgante y regalárselo. (Pensad en un chaval de 16 años regalándole un collar a una chica con la que no está saliendo). El caso es que llegó el momento en que estuvimos solos y después de estar charlando un rato se lo regalé. Ella salió corriendo. Literalmente. El tiempo se detuvo para mí. La sangre parecía que no circulaba por mis venas. Sentí frío. Y deseé que mi corazón se rompiera de verdad.

A los pocos días Quedé con Marta y Carlos. También estaba ella con dos amigas suyas. Compuse una máscara que dibujaba una sonrisa donde sólo había lágrimas. Hubo un momento en el que Icíar y yo nos quedamos solos. Yo fui cobarde y ni siquiera la miré a los ojos. No era capaz de hacerlo. Hablé del tiempo que hacía y de cosas insustanciales. Ella no dijo nada y a los cinco minutos volvimos a estar acompañados.

Volví a verla al cabo de unos seis meses. Estaba saliendo con un chico. Esa noche no pude evitar llorar hasta que no me quedaron lágrimas.

Más tarde Marta me contó que el día que le regalé el colgante Icíar no supo cómo reaccionar. Luego me compró un regalo a mí y el día que volvimos a quedar fue porque ella me lo quería dar. Pero no se atrevió a hacerlo.

El azar quiso que una de sus amigas se encontrara al cabo de unos años con un amigo de la playa. Se casaron hace cuatro años. El verano que me dijeron que se casaban, la novia de mi amigo me miró y se quedó callada. Luego dijo:

“¿Sabes que Icíar se casa también este año?”.

¿Cómo es posible que después de más de 12 años todos los sentimientos volvieran de nuevo? Me quedé petrificado. Sin poder hablar. Intentando disimular (siempre intentando disimular). “Se casa con su novio de siempre”.

Nunca la he vuelto a ver, sin embargo siempre me he preguntado si no me dio el regalo que compró porque mi máscara funcionó demasiado bien. Lo único en lo que anoche pude pensar es que espero con toda mi fuerza que ella sea feliz.

No sé por qué me he acordado de esta historia. Es curioso cómo el actúa el corazón. Cualquiera que haya querido de verdad sabe que nunca se quiere igual dos veces. No se quiere menos, sino que se quiere de forma diferente. Yo he vuelto a amar varias veces después de eso (no muchas, dos ó tres) y siempre ha sido distinto. También espero volver a hacerlo.

PD: Esta historia parece más triste de lo que es en realidad. Cada uno somos la suma de lo que hemos vivido, lo que podríamos haber sido, lo que deseamos ser y lo que en realidad somos.

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