jueves, 12 de febrero de 2009

El Club Mildorf VIII

Llevaba tiempo queriendo cumplir (o empezar a cumplir) uno de los propósitos que me hice para este año. Y anoche al volver a casa después de jugar un partido de fútbol me puse a escribir de nuevo. Es posible que no fuera el mejor momento pero me sentí impulsado a hacerlo. No es mucho, apenas una página y media, pero es un comienzo y todos los viajes comienzan con el primer paso:

Al cabo llegaron el hambre y la sed. El sol empezaba a calentar en lo alto y tomé la resolución de emprender el camino de vuelta. Pero no podía regresar sin haber tocado el agua. Me acerqué a la orilla y descalzo como estaba me agaché y con la mano me empapé la nuca y luego la cara bautizándome por segunda vez con el mar de mi juventud.
Refrescado y con el ánimo alegre regresé por el camino anaranjado, por el sendero de los árboles frutales y por la espléndida alameda.

Al pasar de nuevo por Torreverde espiaba como un adolescente cada rincón del pueblo con la esperanza de verla. Varias veces creí que me habían llamado por mi nombre y otras tantas me volví con el corazón en un puño para responder a esa voz. Tal vez algún día pasara delante de su casa y quién sabe si el destino o el azar nos cruzaría en el camino.

“-Verá, Señor Norman, - dijo Jaime Llanos con tono suave. –No quiero que se haga una idea equivocada de lo que ocupaba mis pensamientos en aquellos momentos. Yo no era un joven enamoradizo que se enamora de una ilusión. No puedo expresarlo con palabras así que ni siquiera lo intentaré.”

Después de decir esas palabras el anciano permaneció en silencio. Al observar su rostro me pareció que luchaba consigo mismo para ser capaz de explicar de alguna manera lo que acababa de decir.

De pronto su gesto se relajó y volvió a fijar su vista en el horizonte. -“No supe nada de ella durante dos semanas.- Dijo”.

En aquellos días hacía un sol espléndido y el recuerdo del rumor de las olas y el paseo por la orilla me hizo volver a caminar a través de la alameda hacia la playa. Mientras observaba cómo avanzaba la primavera y se multiplicaban las flores y los colores del paisaje, trataba de poner en orden mis pensamientos.

Sabía que tarde o temprano debía volver a Madrid. Llevaba más tiempo del previsto en Torreverde. Era evidente que aquel lugar había despertado una parte de mí que creía olvidada pero el futuro que tenía planeado me estaba esperando.

En la playa las gaviotas continuaban su diaria rutina volando, planeando en el aire de tal forma que a veces se me antojaba que eran capaces de permanecer inmóviles en el aire, como si por unos instantes decidieran suspender las leyes de la física.

No había nadie en la playa. El sonido de las olas del mar se mezclaba con el graznido de las gaviotas. Ni siquiera se escuchaban mis pasos en la arena. Decidí caminar por la orilla del mar y disfrutar de aquel paisaje.

Con los pantalones remangados por debajo de las rodillas y con los zapatos en la mano me deleitaba del calor del sol en mi piel. El color del mar variaba dependiendo del reflejo de los rayos del sol y a veces parecía de un azul claro y otras de un verde aceituna. A lo lejos se divisaba un pequeño barco de vela que por la forma y por la cantidad de gaviotas que volaban a su alrededor debería ser un barco pesquero.

Sin saber el tiempo que llevaba caminando di la vuelta desandando mis propios pasos filosofando sobre la metáfora que se desprendía de esa acción. Tan absorto estaba en esos pensamientos que no acerté a darme cuenta de que un hombre que se encontraba a escasos pasos de mí me saludó cortésmente.

- Buenos días, caballero.

De forma automática esa frase me trajo de vuelta de mis divagaciones y acerté a contestar.

- Buenos días tenga usted.

De pronto me di cuenta de que el saludo que había escuchado tenía una entonación extraña. Al mirar al hombre que me había devuelto a la realidad comprobé con sorpresa que no estaba solo.

Dos mujeres le acompañaban.

1 comentario:

Henar dijo...

¡por fin!

Besoooos!!!

h

pd: imposible leerlo ahora, pero mañana seguro